Estos fueron los ocho relatos que participaron en el concurso «En su piel» en la Semana Santa 2.016

#EnSuPiel
#PrimeraSemanaSanta
#SábadoOscuro
@ibemadrid

Jacobo, hermano de Jesús.

Javier Ochoa López-Huerta.

Oscuridad, desolación, muerte, ausencia…

La pérdida de un hermano es una de las peores cosas que te pueden pasar, y que se te muera tu hermano mayor, que siempre ha sido tu ejemplo, es más difícil todavía. Te mata saber que en cualquier momento puede pasar, y saber que no puedes hacer nada, que no está en tus manos. Pero sobre todo, unas dudas enormes. A lo mejor, la profecía puede ser incierta, a lo mejor lo que Jesús dijo varias veces:

-Tengo que morir, pero voy a volver-

…a lo mejor no se cumplía.

En ese momento te asustas y piensas que es mentira todo, te deprimes y solo quieres estar callado y llorar. Solo le das vueltas y vueltas respecto a si será cierto o solo era una mentira, pero aun así no pierdo la esperanza de que Dios es bondadoso y que hemos de fiarnos de lo que el promete, y eso me tranquiliza.

No tenemos que perder la fé en ningún momento, porque cuando Dios promete algo lo cumple.

Unos años más tarde, Jacobo escribió:
-“ Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas…”

 


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Juan.

Josep Marc Laporta

Cuando me recosté a su lado unas horas antes de ser clavado en la cruz, no pude suponer la magnitud y el supremo alcance de su amor. Recuerdo que dijo que sería la última cena que estaría con nosotros. Lo recuerdo muy bien. Sus palabras me sobrecogieron profundamente. Y creo que, instintivamente, me recosté junto a Él como queriendo unirme a su sacrificio.

¿Que qué me pasaría a mí? ¿A mí? Yo… yo solo le seguía, como siempre hice. No quise dejarlo ni un instante, porque mi alma bebía de Él hasta saciarse, como sucedió cuando subimos al monte de la transfiguración, como cuando me llamó para preparar la Pascua, como cuando nos alistó a mi hermano y a mí en la orilla del lago de Galilea. Dejé las redes y le seguí sin dudar, porque en su llamada noté cómo Él me amaba primero. Siempre lo hizo así: nos amó primero.

Y ahora, frente a frente a la cruz, junto a su madre y las mujeres, parece que soy el único discípulo que quedo. Ya no puedo recostarme junto a él. Ya no puedo escucharle enseñar ni transformar vidas, aunque… le veo hablar con uno de los crucificados y todavía sigue sanado almas. Shhhh…! Acaba de pronunciar unas palabras dirigidas a María. Y… y a mí también! Una vez más Jesús me llama.


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Iglesia Bautista Emanuel de Madrid

Todo el grupo de los Apóstoles

Rubén Higuera.

Estando los apóstoles encerrados en el aposento después de la muerte de Jesús, esperando que quizás la guardia romana viniese a arrestarlos, creo que podrían haber pensado: Nos hemos equivocado?¿Volvemos a nuestros hogares. Yo me pongo en esa situación, pensando en que cuando Jesús les llama a que le sigan, dejan todo, familia, casa, trabajo, amistades, etc y se van con quien dice que es el Mesías sin estar seguros 100% y durante tres años conviven y aprenden las enseñanzas de Jesús.

Aunque Jesús les dice en varias ocasiones que va a morir y que resucitará, ellos no lo comprenden porque sino no hubieran estado asustados ni hubieran huido, ni se hubieran escondido durante 3 días. Creo que poniéndome en su piel yo hubiera pensado si me equivoque en abandonar mi todo por seguir a quien han crucificado y que ha muerto.

Otro pensamiento que podría pasarles por la cabeza sería; «Y ahora, ¿qué?» Que pasará ahora? Regresamos a casa? Nos perseguirán los romanos?, ¿las autoridades religiosas de Jerusalén?

 


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Iglesia Bautista Emanuel de Madrid

Discípulo anónimo que acompaña a José de Arimatea y Nicodemo a bajar de la cruz a Cristo y enterrarlo.

Ana Muñoz Mainar.

Desperté aquella mañana, después de dormir a penas 2 horas. Desperté sobresaltado y con los latidos golpeando fuerte el corazón en mi garganta y mi cabeza me repetía: » Han matado al maestro!…¡Le han matado!, y otra vez ese nudo en el pecho, el ruido y los gritos de la gente pidiendo la liberación de Barrabás, mientras el eco de las voces me ahogaban y me provocaban vomitar en una sensación incrédula a la vez de asumida realidad.

La multitud te seguía y gritaban como locos cuando te veían, las mujeres lloraban y yo, y yo… me puse a correr y a seguirte entre el tumulto, pero no podía, la gente se entretejía unos con otros y formaban un laberinto imposible de cruzar y entonces, caí, y mire mis manos dañadas y las lágrimas de desesperación caían sobre ellas temblorosas mientras con un hilo de voz, se ahogaba un «! Maestro, sálvate!».

No se cuantas veces lo solloce: » ¡maestro sálvate!, ¡maestro sálvate!», sólo se que las voces cada vez se dibujaban más lejanas mientras mi mirada se quedo perdida en las lágrimas de mis manos.

Me levanté del suelo y corrí hacia la nube de polvo y llegue al monte y te vi, te vi allí, en el medio, a tiempo de oír las mofas de los soldados y escuchar el torpe sorteo de tus ropas y entonces vi a tu madre, rodeada por las mujeres y en frente tuyo, me desplome y tape mi cara con las manos, para cerrar mis ojos, pero nada podía velar las imágenes de mi cabeza: los golpes, los azotes y esos gritos y risas atroces que desgarraban a cada paso tuyo… Y entonces, se hicieron las tinieblas y lo supe…todo habéis terminado y, en un silencio solemne, apenas roto por algunos llantos, sólo pude decir: «Te amo maestro».

Fui temprano con José y con Nicodemo a Judea y le pedimos a Pilatos tu cuerpo, lo en volvimos en unos lienzos y María y tu madre salpicaron cuidadosamente dulces aromas y te dejamos allí. Todos sabíamos quien eras, tus palabras no eran mentira, pero abrir los ojos era evidenciar tu muerte mientras el corazón se agarraba a tu rostro, a tus palabras genuinas y a tus ojos de verdad.

Pero hoy, en el frío de la madrugada, hoy tu te has engrandecido, la roca estaba movida y tu me has susurrado en mi lecho ¡ amado mío, soy yo, Jesús, el hijo de Dios, tu amigo fiel! Y yo entonces lloro, y lloro otra vez y no paró de llorar, ¡ha resucitado mi Señor! Y dibujando una sonrisa, mis labios saben que nunca más hablarán de temor porque mi corazón guarda entre lino fino una certeza, tu nombre JESÚS.


NATANAEL.
Emilio José Cobo Porras
Los recuerdos se agolpaban en su mente como si quisieran desbordarse en un solo momento. Oculto junto al resto de los discípulos más allegados a Jesús, el miedo había usurpado aquellos días radiantes en los que la esperanza de una revolución de justicia y poder estaban al alcance de la mano. Ahora, la remembranza de aquellos instantes se le antojaba un entresijo de dolor y decepción, de desilusión y tormentas por venir. Atrás quedó el primer día en el que conoció a aquel que supuestamente iba a derrotar a los enemigos de Israel. Atrás quedaron aquellas palabras que lo descolocaron y lo retrataron como si desnudasen su alma. Atrás, en fin, quedaba aquella declaración que brotó desde lo más profundo del corazón y que descubría un nuevo mundo de gloria y victoria. En estos momentos lúgubres y tenebrosos, en los que su alma luchaba en su interior por explicar lo inexplicable, solo podía permanecer silencioso mientras las miradas torvas, asustadizas y perdidas en el vacío expresaban la tragedia consumada de sus sueños rotos. ¿Qué sería ahora de todos ellos? Nadie sabía qué decir, qué hacer, qué pensar. Solo cabía esperar lo inevitable: represalias y burlas.

 

 

MARIA: MADRE DE JESÚS.
Gema L-H Cisnal.
Silencio.


…Silencio. No podía encajar palabra…

– Ver torturar y morir a tu niño… ¡qué te lo maten como a un delincuente!-

… eso es lo peor por lo que puede pasar una madre.

Una y mil veces en esa aciaga tarde, le rogó a Dios ¡que fuera ella la que estuviera en Su lugar! Pero:

– su niño, ¡no! ¡su niño, no!-

Sus hijos, su hermana, Juan y Maria Magdalena, no dejaban de abrazarla pero no entendían su silencio y la ausencia de lágrimas… ¿no llora Su madre? ¿Por qué no llora? ¿Por qué no se desmaya? ¿por qué no habla y se desahoga? Pero María, a diferencia del resto de los que le seguían, sabía que no había acabado esto… que «su niño», había profetizado que moriría, pero que… ¡iba a volver! Y ella lo creía.

Su conexión madre e hijo, a pesar de la divinidad que les separaba, seguía latente. Jesús, ¡nunca la defraudó! era muy diferente al resto de sus hijos; un niño muy independiente y –a otra cosa- que el resto pero… esas miradas sin decir nada, marcaban la diferencia con el resto y a ella le transmitían paz, esperanza y… eternidad.

María consiguió escabullirse y fue a dar un paseo. ¡Qué noche tan oscura! a pesar de que la luna luciera enorme en el cielo y miles de estrellas iluminaran su camino.

La relación con Jesús, siempre había causado envidia al resto de sus hijos. Naturalmente, ella los quería a todos pero reconocía que él era especial… no solo por su manera de ser concebido, es que Jesús, no tenía que utilizar palabras para entenderse con ella; era como si el cordón umbilical núnca se hubiera cortado y estuviera conectado directamente a su mente y a su corazón; él la alimentaba con su presencia…
…“su espíritu se regocijaba en Dios, su Salvador…”

Era el momento de sacar todo eso que guardaba en su corazón.

Recordó el encuentro, con el ángel siendo apenas una adolescente. Le anunció que Jesús vendría y sería el Mesías y ella ¡le creyó! Cada día confirmaba esa verdad, sus ojos veían crecer a Jesús tanto físicamente como en Su relación con Dios Padre: una relación de fidelidad, obediencia que inexorablemente le iba a llevar a los acontecimientos de esa tarde de sufrimiento, todo para cumplir con lo que estaba escrito:

… “él fue herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”

Recordó cuándo se perdió en el templo de pequeño, cuándo convirtió el agua en vino en las bodas de Canaa…

Su niño había crecido y ¡bien sabe Dios! que ella se debatía cada día en su deseo genuino de agradar a Dios y que se cumplieran Sus planes y a la vez, en su corazón ardía el deseo de que Jesús fuera un hombre –normal,- el heredero como primogénito de la carpintería, y que llegara a formar una familia como el resto de sus hijos.

Sus emociones y pensamientos eran una vaivén; subían y caían en picado por momentos; su esperanza, su desesperación…

Pero no, ¡no! ¡no iba a llorar,! aunque ¡SU HUMANIDAD SE RETORCIERA DE DOLOR,! porque su fe era firme; ¡no tenía ninguna duda!:
¡Jesús volvería! ¡volvería! ¡La profecía se cumpliría!

“…un hijo nos ha sido dado y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz.”

María, se recompuso, volvió dónde estaban los discípulos de su hijo y les preparó algo para cenar…

 

Malhechor…
Javier Ochoa Muñoz.
Pues no sabría decir en que piel me gustaría estar… probablemente ¡en ninguna,! tan acostumbrados como estamos a vivir las mayores tragedias y victorias desde nuestras sillas de oficina, sillones de salón, y ¡como no,! siempre detrás de una pantalla de ordenador, Tablet o Smartphone…Pero si amigos, la vida real existe y existió, y en aquella época mas todavía, ya que lo virtual solamente era cosa divina por aquel entonces…

Bueno toca decidirse, y aquí va mi elección: UNO DE LOS MALHECHORES QUE TAMBIÉN FUE CRUCIFICADO JUNTAMENTE CON JESÚS, (aunque el sábado ya estaba muerto), pero que en sus últimos momentos, supo reconocer a quién tenia al lado. Por cierto, ¡que mal sitio para tener una conversación los tres crucificados,! ¡qué poca intimidad,! desde luego un “lugar con vistas”, pero a veces es mejor no ver… ¡Menos mal! que a éste, su dolor por estar crucificado (con el castigo previo que ya llevaría,) le dejo reconocer su propia culpa recriminando a su otro compañero de cruz: -“Nosotros, a la verdad justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo” Lc 23:41. y aunque probablemente, no querría morir de esa forma, allí estaba, padeciendo lo mismo que alguien justo que no merecía morir. Pero que antes de que sonara la última campana, del último round supo arrepentirse y pedirle al Hijo de Dios y le pidió que se acordara de él cuando su Reino volviera. Y así fue, Jesús le dijo: “…- de cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.” Lucas 23: 43.

En aquél momento Jesús estaba pagando por todas nuestras culpas, incluso por las que aun ni se habían cometido y por las de ese malhechor que sin haberlo querido, y casi sin saberlo, fue el primer perdonado por la sangre de Jesús.

A estas alturas y respondiendo a la pregunta que se nos hacia sobre el sábado oscuro; mi personaje era el que mejor estaba: estaba en el paraíso.

Y volviendo al 2016 y a mi mismo, me lleva a pensar “nosotros no somos malos”, y por supuesto no merecemos morir, pero lo haremos, es inherente a nuestra naturaleza; para que haya vida, tiene que haber muerte… sino solo habría continuidad… y ya; ¡si que seriamos insoportables, siendo inmortales!

¡Como me habría gustado estar al lado de Jesús, en cualquier circunstancia,!
haber sido de los que le escucharon y siguieron dejándolo todo, o de los que tocaron su manto recibiendo sanidad, y ¡por qué no! haber comido de ese pan que el multiplicó. También os digo, que habría hecho fila para probar ese vino que antes fue agua…
En fin, que me embeleso… por eso, estaréis de acuerdo conmigo que haber estado muriendo a su lado y recibir su perdón directamente, no es poca cosa. ¿verdad?

Doy gracias por seguir teniendo la oportunidad de leer libremente sobre Jesús y
aprehendiendo cada día, por tener la posibilidad de experimentar Su perdón y por todo lo que me enseña, por qué nueva es cada mañana para cada uno de nosotros Su misericordia.

Amigos: que Dios os bendiga y os guarde, haga resplandecer Su rostro sobre vosotros y a los que creemos que no solo fue “un buen hombre…” nos de valentía para seguir mostrando que Su muerte no fue en vano.

Sal y luz.

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SI YO FUERA PEDRO…
Lidia Martín Torralba
Si yo fuera Pedro en ese sábado oscuro… supongo que ya no sería el mismo Pedro. Ya no tendría el ímpetu, ni la impronta para sacar la espada y defender el Maestro… porque el Maestro ya no está. Porque se ha ido en las peores condiciones, y no solo en las Suyas. Se ha ido en MIS peores condiciones, sin la posibilidad de poder enmendar mi traición y el abandono al que le sometí en el último momento. Sin poder decirle que lo siento. Sin poder decir “Perdóname, Maestro”. Ahora solo tengo el inmenso vacío de Su ausencia y la tremenda presencia del recuerdo que me pesa.
Dije que yo no era Su discípulo… dije que no le conocía, que ni siquiera estaba con Él cuando otros me habían visto sacar la espada. Pero yo sí estaba. Y quisiera estar ahora a la altura, pero no puedo. Ya no se puede, porque el Maestro se ha ido y me ha dejado en las peores condiciones. Porque justo antes de desenvainar el arma, cuando a Él se le preguntó reiteradamente si era Jesús de Nazaret, en varias ocasiones dijo “Yo soy”, “Yo soy”. Aunque sabía que le costaría la vida. Y es que ya no hay remedio para la tragedia de Su partida. Él estuvo a la altura. Se mantuvo firme… pero ya no hay vuelta atrás y de nada le ha servido.
El Maestro ya no está y no sé lo qué ha pasado. No entiendo por qué todo este peregrinaje, si la historia acabaría en tragedia. Por qué tantos milagros, todo un camino recorrido, muchos heridos sanados para terminar con una herida mortal en el costado… y yo con heridas mortales en el alma, en la conciencia y en mi memoria… No se puede vivir con el peso de la memoria. No se puede enmendar el error si el Maestro ya se ha ido. Ya no soy el mismo Pedro.
No lo seré nunca más. El Pedro que conoció el Maestro cuando estaba aquí hablaba, actuaba, servía… aunque le costara tantas veces y muchas más hacerlo bien. Pero ya no está ese Pedro. Todo está acabado. Solo queda echarse a morir, porque el recuerdo de la traición es una tumba en vida y recordarme que lo que hemos vivido a Sus pies, que no ha sido un sueño, aunque el recorrido fue breve, no alimenta mi Espíritu, sino que lo desgasta, porque no supe agarrarme al Maestro como otros muchos lo hicieran, sin importar nadie más, sin importar qué dijeran.
¿Cómo se vive después de esto? Ni siquiera podemos mirarnos la cara entre nosotros. Todos le hemos traicionado. Judas solo fue el más descarado, pero no el único traidor. Y al final, el Maestro murió solo. Ni siquiera hemos terminado de comprender por qué. Por qué aquella reacción cuando quise ayudando atacando al guardia. Si tan solo me hubiera dejado hacer las cosas a mi manera… a lo mejor ni siquiera llegado a negarle más tarde. Debí haberle matado allí mismo. Allí en el huerto aún era valiente, tenía arrojo. Pero después del tiempo de espera durante el arresto, ya ni siquiera creo que pudiera volver a mirarle a los ojos. ¿Qué me dirían esos ojos? ¿Habría reproche en ellos? ¿Me preguntaría si le amo? ¿Qué le respondería yo?Es sábado por la noche, y ya no soy el mismo Pedro… No podré ser nunca más el mismo Pedro.

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