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Claudia Prócula: (esposa de Poncio Pilato)

Gema López-Huerta Cisnal.

Me llamo Prócula Claudia Pilato, y soy seguidora de Cristo, muy “#fan” como diríais ahora.

Parece paradójico que justo, haya sido mi “querido esposo” el que “permitiera” la muerte de Jesús, pero quiero contar lo que verdaderamente ocurrió esa trágica noche del viernes de Pascua.

Jesús y yo éramos paisanos y vecinos. Nacimos en Galilea y desde pequeños, jugábamos juntos. Siempre fue ¿diferente?, bueno, para la época, -no era muy ”normal”- que se juntara con las niñas y respetara nuestra condición femenina, no haciendo distinción entre nuestro derecho, y el de los chicos a la hora de -echar pies- y formar equipos cuándo jugábamos a la “pelota de trapo prisionera” o a correr en “relevos descalzos”.

Tenía un gran sentido del humor, y también, era muy servicial, sobre todo con las madres, a las que acompañaba a sus casas cargando con el cántaro lleno de agua desde la fuente, o les llevaba los sacos con las compras del mercado.

Cuando éramos jovencitos, tengo que reconocer, que Jesús era de los más guapetes, pero ninguna chica consiguió entablar más que una buena amistad con él, siempre nos decía:

-Tengo planes-

y: … ¡ya lo creo que los tenía!

A pesar de mi boda con un Prefecto romano, que fue enviado a Judea por el Cesar Tiberio, nunca dejé de tener contacto con Jesús y sus hermanos; incluso coincidimos en alguna ocasión durante los tres años que iba de pueblo en pueblo predicando, sanando y -ganándose enemigos- entre los fariseos, saduceos, y las autoridades religiosas que no tenían manera de “pillarle” cuando le preguntaban sobre aspectos de las leyes religiosas.

La última vez que coincidí con Jesús y su familia, fue en Canaa, en una boda, y ya le advertí que tanto el rey Herodes, y sobre todo Caifás, (Sumo Sacerdote y presidente del Sanedrín), no le quitaban el ojo de encima y que estaban locos por ordenar su muerte, ya que pensaban que les “revolucionaba al pueblo” y que eso de ir “resucitando muertos”, no les gustaba ni un pelo, (especialmente a Caifás, como buen saduceo que era…) pero una vez más me sorprendió su respuesta cuando le advertí qué corría peligro:

-Todo está escrito ya Claudia, el hombre propone pero es Dios, mi Padre, el que dispone, y yo he venido, justamente a eso, a cumplir Su plan…-

Bueno, al grano, el caso es que era domingo, el comienzo de la Pascua, y cuando me enteré que Jesús había entrado por la puerta sur de la cuidad montado en un burrito pensé: -¡típico de él!-, siempre destacando por su ¿creatividad?, por su ¿humildad?; el caso es, que siempre contrastaba con su manera de actuar como líder; – muy diferente-, a lo que estábamos acostumbrados a ver en los dirigentes de la época , el caso, es que mandé a uno de mis criados para enterarme donde iba a parar Jesús, y acercarme a que nos tomaramos algo, recordando -viejos tiempos-, pero finalmente, no pudimos quedar, ya que la cosa, no pintaba nada bien y el ambiente estaba muy revolucionado …

Poncio Pilato, mi marido, estaba muy irritado porque parece ser que el pueblo (animado ¡como no! por Caifás) quería aprovechar esos días para juzgar a Jesús por blasfemo e incluso pensaban matarle… y el cobardica de Poncio, siempre intentando escurrir el bulto, quedó con el rey Herodes para que se encargara él del asunto, ya que su responsabilidad como gobernador de Judea, le “libraba” de condenar a un galileo, pero resulta que Herodes pasó del tema, y le dijo a Poncio, que Jesús estaba en Jerusalén en ese momento, y que resolviera él y no le estropeara las vacaciones de Pascua, que tenía varias cenas organizadas en Palacio.

El caso es que me acosté preocupada por el complot que se estaba preparando contra mi amigo Jesús, y tuve un sueño terrible…

Al día siguiente mandé un mensaje a Poncio para que se buscara la vida, pero que se mantuviera al margen de lo que se estaba urdiendo desde las altas esferas religiosas y la influencia que ejercían en el Pueblo, además a mi marido, en el fondo, Jesús le caía bien y no tenía nada en su contra ya que yo le contaba muchas cosas de él y cada vez le interesaba más su forma de actuar.

Ya sabéis lo que sucedió ese viernes; al final, se salieron con la suya y os aseguro que mi marido, no lo pasó nada bien… Aunque estaba acostumbrado a tomar decisiones, muchas veces injustas, este “lavarse las manos” le supo mal…

El domingo me desperté temprano, apenas pude dormir pensando en María, la madre de Jesús y salí a buscarla; no dudé que estaría en la tumba de su hijo completamente hecha polvo y no me equivoqué, porque allí estaba, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando en vez de llorando, me la encontré con una sonrisa de oreja a oreja  y un brillo intenso en los ojos, cuando me dijo:

-Claudia, mi niño: ¡ha resucitado!

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