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Su mirada: David Sánchez Núñez.

He llegado hasta Yerushaláyim huyendo de la miseria y la violencia. Del lugar de donde vengo sólo quedan recuerdos de muerte y destrucción. Sin hogar, mi familia y yo, incluso muchos de mis vecinos, hemos tenido que abandonar corriendo todas nuestras pertenencias y la seguridad que nos ofrecía nuestra comunidad. Si no lo hubiéramos hecho, esa habría sido nuestra perdición, nuestra muerte y sepultura. Apenas un pedazo de pan y alguna ropa de abrigo, lo que nos dio tiempo a coger. En la confusión y por las prisas, el polvo y el miedo, me he separado de los míos. Ahora estoy en un país extraño y rodeado de personas que no entiendo lo que dicen. Me sigo sintiendo aún más asustado e indefenso.

No comprendo qué es lo que ocurre. La violencia habla un solo idioma, ese vocabulario lo conozco bien y aquí también la percibo. La gente está alborotada, corren de aquí para allá, hay gritos, llantos y lamentos. ¿Es que todo el mundo se ha vuelto loco? Me pregunto sin hallar respuesta.

Estoy escondido entre unas maderas y telas abandonadas. Oigo el gentío que se aproxima más y más, están muy cerca. No quiero que me descubran, el terror se apodera de mis entrañas, ¡tengo ganas de vomitar! Me trago mis arcadas y silencio mis suspiros. Agazapado en un rincón que me da seguridad, solo llego a ver los pies de los que vociferan el nombre de alguien. Quiero hacerme pequeño, ¡¡quiero desaparecer!!

Escucho latigazos, eso suena igual en todas partes. La gente escupe, parece que insultan o maldicen a alguien. Pero no se oye ni un solo quejido, sólo unos pasos lentos y el golpeteo de un madero contra la calzada. Intento asomarme un poco más, la curiosidad vence al miedo. En un instante escucho muy cerca un golpe seco, un crujir de huesos y el rebote de la madera sobre la piedra. Alguien cae al suelo y, en un instante, clava su mirada en mí.

No es una mirada normal. ¡Esos ojos penetrantes! No sólo me miran. Me reconocen, me hablan, me escudriñan, me llaman por mi nombre. ¡No entiendo nada! Cuando más hundido estoy, cuanto más profundo es mi miedo y temor, esos ojos, esa mirada, me rescatan y me dan paz.

¿Quién es este hombre? Me pregunto qué poder puede tener, que caído, ensangrentado, maltratado e injuriado es capaz de transmitirme serenidad y amor.

Enseguida le obligan a ponerse de pie a la misma vez que le abren la piel de un fuerte latigazo. La gente, eufórica, vocifera condenando lo que parece ser su nombre: Yeshúa. Antes de levantarse, una sonrisa brota de su rostro y me dice casi susurrando: ¡Ven conmigo, sígueme! Y entonces, allí mismo, comprendo quién es él. Había oído hablar de un hombre que iba por toda Galilea haciendo el bien y sanando enfermos. Incluso oí decir que resucitó a uno que había muerto.

Ha sido sólo un instante, para mí una eternidad. ¿Qué me pasa que ya no tengo miedo? Su mirada me ha llenado de valentía y me ha dado paz. No puedo hacer otra cosa que salir de mi escondite y obedecerle, seguirle. Ya no soy el mismo. Todo a mi alrededor es igual: el mismo caos, la misma violencia y el mismo ruido ensordecedor, pero mi interior ha cambiado. Mis miedos y temores se los ha llevado su mirada.

Fuera de mi refugio me siento inquieto y aturdido, pero me han vuelto las ganas de vivir. Compruebo que nadie me ve ¿es que soy invisible? Están enredados en sus pleitos y disputas, quieren acabar con Yeshúa, ese hombre, el que se ha quedado con todas mis miserias. Perdido entre el gentío le sigo, parece desfallecer pero aún así lo siento a mi lado. Estoy convencido de que él, a pesar de su situación, es el único que sabe de mi existencia. Algo muy fuerte ha ligado nuestras almas.

Por fin llegamos a lo alto de un monte extraño y macabro, tiene la forma de una calavera.

– ¡¡Nooo!!, grito en un impulso incontrolado. ¡Ahora entiendo! Esta gente lo va a crucificar, lo quieren matar.

¿Qué va a pasar con mis miedos?, ¿Volveré a sentirme miserable?, ¿Qué será de mí? El pánico regresa, el terror me vuelve a invadir y, mientras, ya está alzado en la cruz. Colocado entre otros dos crucificados que parecen discutir entre sí. No me atrevo ni a acercarme, trato de esconderme aún más entre la multitud. Entonces vuelve a ocurrir: su mirada, su mirada puesta en mí. Me contempla y me hace estremecer, siento que estamos solos él y yo, su mirada y la mía. Sus ojos llenos de amor me vuelven a hablar, me dicen que siempre estará conmigo, que allá donde fuere me guiará y consolará; que en tierra extraña no me dejará y que él llevará todas mis cargas, miedos y temores.

Aún lo estoy asimilando cuando percibo que exhala su último aliento. En ese mismo instante el cielo se tiñe de gris y la tierra tiembla. Los que vociferaban ahora callan y huyen llenos de pavor. Me pregunto si habrán comprendido lo que han hecho. De los que quedan algunos lloran, otros se lamentan, incluso el soldado que lo remató está con los pies hincados en el suelo sollozando sin consuelo. Pero yo lo he entendido, a mí me ha salvado, su muerte ha sido mi salvación y sé que él sigue vivo en mí. Hay algo muy profundo, una voz interior que me dice que la historia no ha terminado, que algo sorprendente va a ocurrir, que me quede aquí. Me pregunto qué será.

A todos los refugiados, inmigrantes e invisibles de esta sociedad.

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